"Jolidais"

Queridos abuelos:

¿Cómo va todo por Tazacorte? Muchas gracias por el dinerito que me girásteis por mi cumpleaños. Lo aproveché para pasar la semana santa en la playa con Jaime y Dani, dos colegas de la facultad. La verdad es que nos costó muchísimo encontrar apartamento, porque siempre que telefoneábamos a uno nos decían que estaban completos. A última hora Jaime lo logró por fin, aunque nos salió bastante caro. El día que llegamos, tras una caravana de tres horas, conseguimos aparcar en doble fila, recogimos las llaves en recepción y ¡sorpresa!: nuestra ventana daba al callejón, al lado de la ventilación de la cocina. La recepcionista nos dijo que lo sentía, pero que no había otra habitación disponible. Para relajarnos un poco cogimos las toallas y bajamos a la piscina, pero estaba demasiado llena y nos fuimos a la playa, adonde llegamos tras veinticinco minutos de caminata. Conseguimos un sitio algo estrecho, pero cómodo, y empezamos a charlar con unas chicas peninsulares que tomaban el sol al lado. Habían llegado esa mañana, igual que nosotros. Parecían simpáticas, pero no hablamos mucho porque en el agua empezaron a zumbar cuatro o cinco motos de agua, y con el ruido no nos oíamos bien. Poco después, la más próxima a mí me dio la espalda, sacó el Diez Minutos y se puso a leer. Dani y Jaime estaban haciendo crucigramas, así que me fui solo a la orilla pero no me bañé porque había unos quince alemanes coreando himnos mientras celebraban un concurso de tragar cerveza a pie de playa y me dio miedo pasar por allí.

Ya por la noche gracias a una crema de Jaime no me dolían demasiado las quemaduras de los hombros- salimos a cenar. Las pizzas, lo reconozco, se salieron bastante del presupuesto, pero la terraza no estaba mal, quitando el ruido del tráfico, y no tuvimos que esperar ni tres cuartos de hora. Lo único es que el camarero, un chico inglés de diecinueve años, no hablaba español.

Pero lo mejor fue la noche, la famosa noche de esa zona cosmopolita de la costa. Entramos casi sin hacer cola en una de las mejores discotecas (de diseño), que estaba llena de extranjeros rojos como cangrejos. No se podía hablar, claro, por la música, pero con la copa en la mano se podía mover los hombros y un poco las caderas. Más, no, porque estaba atestada.

En fin, al salir metí la pierna en una zanja de la acera, que estaba en obras pero sin señalizar. Por eso he vuelto a casa con dos días de antelación: el médico dice que las lesiones de rótula requieren mucho reposo. ¡Cómo envidio a los chicos, que se han quedado en el apartamento el resto de la semana! En cuanto me cure, iré a Tazacorte a veros.

Os quiere mucho, vuestro nieto Gonzalo.

Mayo de 2001



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