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El Teide en la Historia

Los cumpleaños siempre sin motivo para la añoranza y el recuerdo. Medio siglo, cincuenta años, es mucho para nosotros pero apenas un instante en existencia de un volcán como el Teide. Una enorme catástrofe fue el preludio de su nacimiento, fue la forma de anunciarse del que llegaría a ser el colosal volcán que hoy vemos. Hace unos 170.000 años un trozo de la isla, una parte de las cumbres del norte de la isla, se fracturó y, bruscamente, se deslizó hasta las profundidades abisales y tapizó los fondos submarinos con sus restos.

Fue igual que quitar el tapón a la botella; repentinamente liberada la cámara magmática de millones de toneladas de isla, los gases reventaron el conducto volcánico y esparcieron las pulverizadas rocas en todas las direcciones. El enorme valle que había dejado el deslizamiento fue, siglo a siglo, rellenado por las lavas de juventud del Teide. Cuanto más crecía menos frecuentes eran sus erupciones y, este enorme tapón, acrecentaba la dificultad del magma para alcanzar la superficie. A pesar de ello, milenio a milenio, fue adquiriendo su espectacular dimensión. Cuando fue visto por primera vez por el hombre sólo le faltaba su coqueto Pilón de Azúcar para tener la silueta que conocemos.

En el proceso de descubrimiento y colonización de las islas, el Teide debió de desempeñar un importante papel como hito al ser la montaña de mayor altitud situada en las proximidades de las costas mediterráneas y atlánticas, visible por ello a mayor distancia (237 Km.; aproximadamente unos dos días de navegación de antelación). De esta manera, las naves que navegasen próximas a las costas africanas y que, a la latitud de Canarias, se internasen hacia el océano debían guiarse en su derrota por la visión de los relieves de las islas que conforman el Archipiélago, en cuyo centro se sitúa el Teide.

La primera descripción literaria que tenemos del Teide es la del naturalista romano Plinio, quién habla en su Historia Natural de Ninguaria, que sin ninguna duda se identifica con Tenerife, aunque escueta, se centra en el Teide al que, no obstante, no denomina con un topónimo específico: "A la vista de éstas está Ninguaria, cubierta de nubes, que ha recibido este nombre por su nieve perpetua".

El Siglo de Oro del Teide fue, sin duda alguna, el de la Ilustración. Dos hechos importantes coincidieron: la presencia de los más importantes naturalistas europeos del dieciocho y la mejor generación de la cultura canaria. Buena prueba de ello es que la Real Sociedad Económica de Amigos del país Tenerife eligió al Teide como emblema. Durante este siglo el reto fue medir el Teide, descartada ya la vieja creencia de ser la montaña más alta del mundo, la empresa culminó con éxito: el Teide abandonó el mundo de la leyenda para entrar con paso firme en el de la ciencia. La brillante clausura la puso el naturalista más famoso de su época y uno de los grandes en la historia de la ciencia: Alejandro de Humboldt que ascendió al Teide en 1798.

Los naturalistas del siglo XIX siguieron interesándose por conocer y entender el Teide, pero va a ser la astronomía la que haga partícipe al Teide de entrar en un nuevo capítulo de la Historia de la Ciencia. Un astrónomo inglés Ch. Piazzi Smyth y su mujer, Jessie Duncan, hicieron posible, a base de determinación y empeño, la utilización del Teide como lugar privilegiado para observar el universo. Convirtieron en realidad el viejo deseo de del historiador canario Viera y Clavijo. Tanto llamaba la atención nuestro Teide que hasta el padre de la ecología, el zoólogo alemán Haeckel, ascendió a su cima, junto con un suizo avecindado en la Isla, German Wildpret, en noviembre de 1866, cuando las arrugar del Teide estaban ocultas por un espeso manto de nieve.

La historia contemporánea del Teide está marcada por el fenómeno turístico. La “picomanía” está en sus los primeros capítulos. Un inglés, afincado en la isla, George Grahan Toler, fue el impulsor de la construcción de un refugio en Altavista, primera instalación destinada a los numerosos viajeros que querían ascender a la cima del famoso volcán (1894). La progresiva importancia del turismo está en el origen de la declaración de Parque Nacional. Los primeros intentos se hicieron en durante la República, pero las crisis bélicas retrasaron su declaración hasta el año 1954. A partir de esa fecha, se prohíbe el pastoreo en las cumbres y montes de la Isla. Las consecuencias fueron inmediatas: la vegetación recupera el territorio, muchas especies pueden abandonar su refugio en las abruptas paredes de Las Cañadas para recuperar el llano que las cabras les habían arrebatado.

La figura de don Telesforo Bravo cierra brillantemente el siglo XX. El sabio portuense dedicó una parte de su vida a desentrañar los misterios que rodeaban el origen de este volcán. Gracias a sus trabajos, la vulcanología ha conocido uno de los más importantes avances del siglo: los grandes deslizamientos gravitacionales. Una teoría que permite explicar como se han formado valles como el de La Orotava o el de Güímar y la caldera de Las Cañadas, pero también el Golfo de El Hierro, Taburiente en La Palma, los grandes valles de Hawai o de la isla Reunión. De nuevo El Teide aparece, gracias a don Telesforo y sus seguidores, en uno de los capítulos más destacados de la Historia de la Ciencia. Felicidades y que cumpla muchos más.

Eustaquio Villalba Moreno
Portavoz de ATAN

20/01/2004


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El Teide

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