El Teide en la Historia de la Ciencia

16 de Noviembre de 1999

Introducción

Las Islas Canarias, a pesar de su situación atlántica, han sido conocidas y visitadas desde la antigüedad clásica y sirvieron de punto cero para fijar las coordenadas de los mapas fenicios, púnicos, y romanos, pueblos que conocieron y visitaron la Islas. Después del paréntesis de la etapa medieval, las islas vuelven a figurar en los mapas del mundo conocido; de hecho, a partir del siglo XIV las referencias a las islas son cada vez más abundantes y, por supuesto, el Teide ya figura como el elemento más destacado del archipiélago.

Con la conquista de Tenerife en 1496, la totalidad del archipiélago queda incorporada a la Corona de Castilla. La nueva sociedad isleña tiene que adaptarse a una naturaleza desconocida a la que había que dar nombre a las cosas o tomarlo prestado de la lengua de los aborígenes; además, necesitaban adaptarse y explotar la nueva realidad territorial marcada por el volcanismo.

Las primeras décadas del siglo XVI estuvieron dedicadas a la organización económica de Tenerife; se rotura y prepara el terrazgo de la isla para implantar los nuevos cultivos necesarios para la subsistencia, aunque las mejores tierras se reservaron para el cultivo de la caña. Transformada en azúcar, fue la base del poder económico de aristocracia de conquistadores y financieros durante el siglo XVI. El mercader inglés Thomas Nichols, que arribó a Tenerife como factor en el comercio del azúcar, escribió una reseña titulada "Descripción de las Islas Afortunadas". Se publicó Londres en 1583 como parte de un libro de viajes. Comienza la explicación de Tenerife en la cima de la Isla que es, por supuesto, lo más llamativo para el visitante: "Esta isla tiene 17 leguas de largo, y la tierra es alta, de igual forma que la cumbre de los terrenos de cultivos en ciertas partes de Inglaterra; en medio de esta región se halla una montaña redonda llamada Pico de Teide, situada de este modo: La cumbre del Pico hasta lo alto en línea recta 15 leguas y más, que son 45 millas inglesas; de ella salen a menudo fuego y cenizas, y puede tener media milla de circuito. Dicha cumbre tiene la forma o un aspecto de un caldero. En dos millas alrededor de la cumbre sólo se hallan cenizas y piedra pómez; y por debajo de estas dos millas está la zona fría, cubierta de nieve todo el año". En su reseña, Nichols destaca los elementos que más van a intrigar a los científicos y naturalistas en los siglos siguientes, el Teide como volcán activo, su "extraordinaria" altura, la forma y la composición de Las Cañadas, la estratificación de la vegetación o las características de su clima. Del relato se deduce que habla de primera y destaca la ausencia de árboles en contraste con las zonas inferiores "más frías"; es una observación que se puede considerar como la primera que mención a la existencia de la inversión del alisio y del mar de nubes.

El nacimiento de la ciencia moderna y el Teide.

La primera mirada de un "científico" sobre la naturaleza canaria se la debemos al ingeniero cremonés Leonardo Torriani; este experto fue enviado por el rey Felipe II en las postrimerías del siglo XVI para mejorar las defensas del archipiélago. El resultado de sus años de estancia en Canarias fue un extenso manuscrito que tituló "Descripción de la Islas Canarias". Aunque esta obra era conocida desde el siglo XVIII por un ejemplar que se conserva en Coimbra, no fue publicada hasta 1940. A Torriani le debemos la primera cartografía individualizada de las islas y una gran cantidad de gráficos y dibujos que han convertido su obra en un pilar fundamental de la historiografía canaria. En su narración de su ascenso al Teide, la más antigua de las conocidas, se refleja su preocupación por comprender el volcán y, al mismo tiempo, nos deja sus opiniones sobre la estructura de las capas altas de la atmósfera. Al igual que Thomas Nichols inicia su descripción de Tenerife por el Teide: "En aquella altura es excesiva la humedad, que apremia de tal modo la cabeza, que considero (por aquello que yo mismo experimenté), que nadie podría vivir allí veinticuatro horas. El pan fresco y otros alimentos que se suben arriba, en el acto se ponen tan duros como piedras; y he visto algunos campesinos que, para poderlos comer, ponían el pan para ablandarlo, en los agujeros del fuego, que son en número infinito en aquella llanura, y también en la parte de fuera, en dirección del Levante. En esta altura la tierra es pastosa y blanda, y de tal naturaleza que, sin darse uno cuenta, enciende los trajes, si se le acerca demasiado; y en las partes más secas, teniendo un poco la mano allí, sale agua clara y caliente. Encima hay vientos muy fuertes y muy secos, sin ninguna humedad durante el mes de junio; de lo cual inferí que está en la parte más alta de la primera región del aire, donde las exhalaciones secas andan dando vuelta".

En el siglo XVII los países europeos conocen una enorme expansión geográfica y, al mismo tiempo, un gran desarrollo del comercio intercontinental. Una de sus consecuencias fue que se disparó la demanda de conocimientos, tanto científicos como técnicos para mejorar las rutas y su rentabilidad. La necesidad de nuevos mapas o de instrumentos de navegación fueron un gran un acicate para el desarrollo de las ciencias y la tecnología. Las grandes monarquías europeas apoyan el desarrollo de las ciencias y las nuevas ténicas, pues lo asocian al poderío de sus naciones. El resultado es un siglo marcado por el nacimiento de la ciencia moderna, por la valía de los grandes científicos que vivieron en esta centuria: Galileo, Newton, Keppler, Descartes o Leibniz, y por la invención de un nuevo instrumental científico y técnico: el sextante, el microscopio, el telescopio, el termómetro, el barómetro,... El Teide no va a quedar al margen de estos transcendentales cambios, fue la primera montaña extra europea en las que se probó el barómetro de Torricelli. Precisamente, este experimento dio lugar a una célebre anécdota cuando la recién constituida sociedad científica de Londres quiso enviar, con el apoyo del rey inglés Carlos II, a tres científicos para que fueran a pesar el aire a Tenerife, con encargo expreso de hacerlo "desde la costa hasta la cima.". Cuando el embajador español recibió a estos científicos se quedó perplejo al conocer el objeto de su viaje a Tenerife: "¿Cómo es eso? ¿Queréis pesar el aire? Esta es nuestra intención, respondieron ellos. No bien los oyó el buen señor, cuando los mandó a echar de casa por locos" La reacción del representante de la corona española en la corte de San Jaime va a ser utilizada por los ilustrados para resaltar el atraso de la ciencia española; Voltaire, el padre Feijoo y el mismo Viera y Clavijo relatan la anécdota.

Durante este siglo el problema determinante era la correcta fijación de las coordenadas geográficas, clave en la necesaria cartografía marina y en la fijación de posesiones y zonas de influencia de las naciones europeas y, para ello, era importante fijar correctamente la posición y la altura del Teide. Las Islas van a ser el laboratorio de expansión ultramarina de los estados europeos. Sin embargo no contamos con ninguna relación sobre Las Cañadas o el Teide excepto la que hace el inglés Marmaduke Rawdon. Este comerciante de vinos vivió más de la tercera parte de su vida en Tenerife. Fruto de su estancia fue un manuscrito cuya primera edición inglesa es de 1863, aunque su existencia era conocida con anterioridad por los historiadores canarios. Nos describe el ascenso de un numerosos grupo de comerciantes extranjeros al Teide y nos dejó esta descripción del cráter: "La cima es una hondonada espaciosa, de unos tres o cuatro acres, semejante a las ollas de cobre en las que se hierve el pescado, pues antiguamente la montaña explotó por aquí y arrojó fuego, como se puede comprobar por la piedra pómez y otras piedras calcinadas que todavía se encuentran en este lugar, mientras que muchísimas otras salieron despedidas por los aires y cayeron sobre diferentes partes de la Isla. En la cima hay todavía fuego bajo tierra."

El siglo de la Ilustración

El interés de la Sociedad Regia de Londres por el Teide se plasmó en la publicación de la subida de Mr. Edens en el primer tomo de las Transacciones Filosóficas y que tuvo una gran repercusión en loa primeros años del Siglo de la Luces. Su importancia radica en que desmiente las exageraciones que sobre este volcán se habían hecho. El primer científico que visita Las Cañadas, y que nos deja constancia de sus observaciones, fue el abate francés Feuillée. Este geodesta y naturalista fue enviado a Canarias por la Academia de Ciencias de París en 1724 con el objetivo de fijar exactamente el meridiano del Hierro. Con retraso, se cumplía la orden de 1634 del rey Luis XIII que obligaba a los cartógrafos franceses a utilizar como meridiano cero de sus mapas el de Orchilla, en la isla más occidental de Canarias. Su estancia en Tenerife y el Hierro fue muy fructífera, pues nos dejó una gran cantidad de observaciones sobre la historia y la naturaleza de las islas. A este abate se debe la primera medición científica de la altura del Teide aunque el resultado fue bastante erróneo. La memoria elaborada por Feuilleé dedica una parte a contar la subida a Las Cañadas y contiene, además, una serie de gran valor de dibujos de plantas y animales endémicos, entre los que se encuentra la primera representación botánica de la violeta del Teide.

El Siglo de la Luces estuvo marcado por el desarrollo del comercio marítimo y por el inicio de las grandes expediciones científicas; los marinos europeos ya conocen el contorno aproximado de las tierras emergidas, incluido el recién descubierto continente austral. La explotación de los nuevos territorios demandaba mejorar las técnicas y métodos científicos y, también, estimuló el desarrollo de nuevas ciencias como la botánica, la mineralogía, la geodesia o la astronomía. Canarias cuenta con una gran ventaja: es un cruce obligado en los caminos de la mar y el Teide es el faro que orienta alos navegantes. Comerciantes, científicos -y también piratas- recalan por sus puertos. En las Islas encuentran una naturaleza distinta y que, en muchos casos, les sirve de estudio introductorio, de ensayo, para el conocimiento de los nuevos dominios europeos en el mundo tropical.

Tenerife fue lugar de paso obligado en las grandes expediciones científicas del siglo XVIII, como las La Condomine, la de Bougainville, las Cook, o la de La Pérouse. Todos aprovecharon su paso por la aguas del archipiélago para hacer observaciones sobre la Isla. En algunos casos, la corta estancia permitió a los científicos embarcados en estos periplos cientícos-comerciales subir al Teide. Este fue el caso de la expedición de La Pérouse, los naturalistas dedicaron la estancia en el puerto de Santa Cruz para hacer una excursión a la cima del volcán. La experiencia está recogida en el tomo cuarto de la relación del viaje. Mediciones barométricas, de temperaturas, análisis mineralógicos y descripción de las especies botánicas aparecen en el breve informe en el que también se incluye una descripción del cráter: "El cráter del Pico es una auténtica azufrera que tiene la mayor semejanza con los de Italia; tiene aproximadamente cincuenta toesas de longitud por cuarenta de ancho, y se alza empinadamente del oeste al este. En los bordes del cráter y, sobre todo, hacia la parte más baja, existen varios respiraderos o chimeneas de donde exhalan vapores acuosos y ácidos sulfurosos cuyo calor hizo subir el termómetro de 9º hasta 34º. El interior del cráter está cubierto de una arcilla amarilla, roja y blanca, y de bloques de lavas descompuestas en parte: bajo estos bloques se encuentran soberbios cristales de azufre."

La última de las grandes emoresas científicas del siglo fue la organizada por la República Francesa en 1791 con el objetivo de encontrar la desaparecida expedición de La Péreouse. Dos embarcaciones La Recherche y L´Espérance llevaban abordo un nutrido grupo de expertos naturalistas. La relación del viaje fue escrita por Labillardière que aprovechó los quince días de estancia para subir al Teide y dejarnos unas misceláneas de la sociedad isleña e importantes observaciones científicas, en ellas nos indica un posible origen para Las Cañadas: "Esta cumbre está terminada por una cresta cuya mayor elevación está hacia el noroeste. Se observa hacia el sudoeste una fuerte depresión que parece haber sido producida por el hundimiento de tierras"

La fijación de las longitudes mediante un sistema práctico y rápido fue uno de los grandes objetivos técnicos del siglo XVIII, España, Reino Unido, Francia, Holanda, habían convocado premios para quién presentara un cronómetro que funcionara en los barcos. Claret de Fleurieu pasó por Tenerife en una fragata que trataba de demostrar la eficacia del cronómetro fabricado por el relojero Berthoud y aprovechó la ocasión para fijar diversas longitudes de puntos sobresalientes del archipiélago y, lógicamente, la del Teide

El viaje de la fragata "La Flore" fue otra expedición francesa destinada a probar los últimos adelantos en la tecnología naval de la época. En ella viajaba el matemático y geodesta J. Ch. Borda que también organizó una subida al Teide y elaboró una monografía sobre las islas que aporta datos de gran interés sobre la población, costumbres y economía. Sus palabras justificando este trabajo son muy significativas: "La medición del pico de Tenerife no era un objeto de pura curiosidad para nosotros, pues dependía esencialmente de nuestro trabajo náutico. Nos era indispensable la elevación exacta de ese volcán, para sacar partido de las observaciones de la altura aparente que habíamos hecho en varios puntos de la isla de Tenerife, Gomera y Canaria, que habían de servir para fijar las longitudes y latitudes de estos puntos".

La altura del Teide fue un problema que ocupó toda la centuria y que acabó con las leyendas que circulaban sobre su altura.

Las mediciones más importantes del siglo expresadas en metros fueron:
Autor Año Altura en metros
Feuillée 1724
4458
Manuel Hernández 1742
5192
Borda 1771
3716
Humboldt 1799
3736

La botánica científica nace en el siglo de las revoluciones y Canarias ocupa un lugar de honor en esta rama del saber; Linneo, tanto padre como hijo, clasificaron plantas canarias. Para los europeos la vegetación de Canarias era un mundo nuevo y desconocido, un excelente aperitivo antes de alcanzar la exuberancia de los trópicos. Los jardines botánicos de toda Europa mandaban a expertos a las islas o pedían ejemplares para sus colecciones. El jardín británico Kew envió a Canarias a Masson, que también ascendió al Teide, con el objetivo de recolectar plantas a distintas alturas. Broussonet que describió nuevas especies canarias y, aunque no publicó sus trabajos, éstos sirvieron de base pa posteriores estudios de la flora de las Islas, Bompland, que acompañó a Humboldt en su excursión al Teide, o el jardinero de expedición de la Bounty (que pasó a la historia por su célebre motín) son algunos de los botánicos que hicieron importantes aportaciones sobre la flora canaria. La Encilopédie Methodique (1783-1817) dedicó un apartado a la flora canaria en las que Lamarck y Poiret describieron varias especies insulares

El naturalista más famoso de la época, A. De Humboldt, cierra el siglo de una manera brillante, como corresponde al siglo de las luces. Aunque su estancia fue muy corta, quzás sea la más conocida de todas las producidas durante esta centuria. Sus observaciones sobre los pisos de vegetación en Tenerife han sido la base de nuevos campos de investigación para los botánicos y los geógrafos.

La ciencia del siglo XIX

El nuevo siglo comienza con la gran aportación del naturalista y oficial de la marina francesa J. B. G. M. Bory de Saint - Vincent. Escribió un libro muy documentado titulado Ensayo sobre las Islas Afortunadas. Destaca por su recopilación de 467 especies de plantas canarias que le fueron proporcionadas por Broussonet y la descripción y dibujos de la erupción de Pico Viejo en 1798.

El fundador de la volcanología científica, Leopoldo von Buch, visitó las islas en 1815. Fruto de su estancia son los primeros trabajos geológicos y climatológicos del archipiélago. Sus trabajos dieron lugar a la inclusión de términos usuales en el habla canaria en parte del vocabulario científico, como es el caso de "caldera". Fue el autor de la primera teoría que trataba de explicar la formación de Las Cañadas que estuvo vigente hasta bien entrado el siglo XX. Esta teoría, la de los cráteres de levantamiento, también fue aplicada a otras calderas volcánicas, el Teide estuvo en su origen. Además Buch dijo, por primera vez, que el valle de La Orotava se había producido por el deslizamiento de una parte de la ladera de la Isla: "Cuando se contempla este valle encerrado entre dos murallas desde un punto alto, involuntariamente uno piensa que es el resultado del corrimiento de una parte de la Isla, por cuyo motivo habrían quedado al descubierto las dos montañas que formaban las laderas de la parte arrastrada. La `proximidad de un volcán tan activo y violento como el de Tenerife, hace que esta suposición no sea inverosímil."

El estudio de la naturaleza canaria por dos grandes investigadores, el francés S. Berthelot y el británico Ph. P. Webb, tuvo como resultado la publicación en francés una de las obras cumbres de los estudios naturalísticos del siglo XIX: La Historia Natural de la Islas Canarias. Las Cañadas está ampliamente representada en esta obra, desde la erupción de 1798 hasta trabajos entomológicos. Fue publicada en París entre 1839 y 1850, y todavía no ha sido traducida en su totalidad del francés. En sus Misceláneas Canarias, Berthelot dedica una de ellas a narrarnos su segundo ascenso al Teide: "Todo el archipiélago apareció como un mapa en relieve. Y bajo nuestros pies, Tenerife con sus macizos montañosos y sus profundos valles ¡Qué admirable panorama!"

Tampoco estuvo ajeno a la influencia de las islas Ch. Darwin pues, según confiesa en su autobiografía, desde que era adolescente quiso viajar y conocer Tenerife pero, y por desgracia, la sospecha de la existencia de cólera entre la tripulación hizo que las autoridades de Santa Cruz impidieran el desembarco del naturalista.

Muchos de los grandes geólogos del XIX se interesaron por Tenerife y, concretamente por el Teide. Es el caso de Lyell, uno de los padres de la Geología, que incluyo en su magna obra trabajos sobre Tenerife, el Teide y otros lugares de Canarias. Los alemanes Fritsch, Hartung y Reiss elaboraron el mejor estudio de la centuria sobre la geología de Tenerife. Su mapa geológico de Tenerife, publicado en 1866, sigue vigente en sus líneas fundamentales y sus dibujos de Las Cañadas y el Teide siguen despertando la admiración por su gran calidad científica y estética.

De especial interés, por la relevancia del personaje, es la visita de Ernst Haeckel, fundador de la ciencia de la ecología. Como resultado de su estancia fue la publicación del libro "De Tenerife al Sinaí".

Los estudios astronómicos siempre han tenido una estrecha relación con el Teide. Sus ventajas como punto de observación ya habían sido señaladas por los naturalistas y astrónomos del siglo anterior. En los años cincuenta llegaron a Tenerife el gran astrónomo Ch. Piazzi Smyth y su mujer Anne Duncan, excelente científica y fotógrafa (a ella le debemos las primeras fotos estereoscópicas tanto del Teide como de la Isla). El matrimonio vivió dos meses del verano de 1856 en Altavista, a unos 3300 metros; allí instalaron su telescopio, junto a la cabaña utilizada por los recogedores de azufre y hielo. Esta larga estancia a tal altura llamó la atención de los viajeros de la época así, Ch. Edwardes (escribió un libro de viajes titulado Excursiones y Estudios en las Islas Canarias) nos legó sus impresiones cuando vio el inhóspito lugar donde habían vivido sus compatriotas: "La casa pertenece a una compañía azufrera [...] Fue cerca de esta casa donde Piazzi Smythe, que se hallaba realizando su laborioso estudio de las características del Pico, montó su tienda de campaña hace unos años y vivió durante un tiempo entre el frío y el calor extremo" Los resultados de estos trabajos tuvieron una gran repercusión entre los astrónomos y, como reconocimiento a la labor de Piazzi Smythe, bautizaron accidentes lunares con el nombre del Teide y de la Isla.

Esta tradición se continuaría principio del siglo XX con los estudios del cometa Halley hechos el astrónomo Jean Mascart. Instaló su telescopio en lo alto de Guajara, a 2715 metros, tercera altura de la Isla después del Teide y Pico Viejo. En los últimos años se ha consolidado Las Cañadas como un lugar privilegiado para la investigación astronómica con la instalación de varios observatorios por parte del Instituto de Astrofísica de Canarias. Estas instalaciones, junto con las situadas en la Palma, han convertidos a las Islas en un lugar de referencia mundial para las ciencias que investigan el universo.

Las observaciones atmosféricas siempre aparecen en las narraciones escritas por los que subían hasta la cima del volcán. A partir de finales del siglo XIX, los estudios meteorológicos toman una gran importancia por desarrollo de la aerostación y, posteriormente, por el de la incipiente aviación. Cada vez se hacía más necesario conocer y predecir los cambios de tiempo. Tenerife ofrece la posibilidad de instalar un observatorio de montaña en una zona de gran interés en los estudios de la dinámica atmosférica. Franceses, alemanes, incluso, monegascos, se interesaron por los estudios aerológicos. La consecuencia más importante fue la explicación de la estructura del alisio y la inversión térmica que separa las dos masa de aire; el mérito fue le correspondió a un francés: Teisserenc de Bort. Pero serían los alemanes los que mostraron mayor interés por contar con instalaciones fijas en Las Cañadas El interés militar de este observatorio era evidente en una época caracterizada por la rivalidad y la carrera de armamentos entre las potencias europeas. El gobierno español, conocedor de las intenciones alemanas, se comprometió a construir un centro meteorológico en Las Cañadas en el que podrían trabajar científicos de otras naciones. Mientras tanto, los alemanes consiguieron instalar unas casetas prefabricadas donadas por el emperador alemán en la Cañada de La Grieta, pero el comienzo de la Gran Guerra y la inauguración en 1916 del observatorio de Izaña, dejaron al margen de los conflictos internacionales a Las Cañadas. En la actualidad el centro de Izaña acoge a varios proyectos internacionales de investigación atmosférica además de contribuir con sus datos a la predicción meteorológica en la zona de Canarias.

Las dos guerras mundiales y el desplazamiento del interés científicos a otras áreas del mundo, apartan al Teide de los primeros planos de la ciencia internacional, aunque El Teide y Las Cañadas siguen teniendo interés para los científicos, tanto nacionales como extranjeros. Destaca el geólogo español Fernández Navarro que hizo importantes aportaciones al conocimiento de las Islas y, en concreto, de Las Cañadas; mención especial merecen sus trabajos sobre la última erupción de Tenerife en 1909. Los estudios geológicos sobre El Teide y Las Cañadas aportarán los datos necesarios para elaborar una nueva teoría sobre la formación de calderas y valles en islas volcánicas. Hoy, esa teoría, ya forma parte de los libros de volcanismo. Hasta los años sesenta, la hipótesis dominante atribuía la formación de la caldera de Las Cañadas al hundimiento de la parte central de la Isla. En 1962, el geólogo canario Teleforo Bravo, publicó un artículo en el que atribuía su formación a un enorme deslizamiento que descabezó la cúpula central de la isla de Tenerife; su cicatriz fue gran valle en forma de herradura que desaguaba en dirección a Icod de Los Vinos. Aunque la idea fue rechazada por la mayoría de los volcanólogos, las investigaciones posteriores de otros geólogos como los de J. Coello, que obtuvieron sus datos estuadiando las galerías perforadas en toda la Isla para obtener el agua subterránea y los del geólogo J. M. Navarro para los planes hidrológicos, aportaron suficientes datos para avalar la teoría de los deslizamientos gravitacionales como el origen de Las Cañadas y, también, de los valles de Güímar y de La Orotava. Sus ideas fueron confirmadas en los años noventa por los estudios de los fondos marinos canarios. La topografía submarina revelaba la existencia de enormes abanicos de rocas de centenares de kilómetros cúbicos, procedentes de las islas. La concordancia de los datos submarinos con los terrestres validaba la teoría y El Teide como antaño, ha vuelto a estar relacionado con un nuevo e importante capítulo del libro de la Historia Ciencia. No ha sido un hecho excepcional, el mítico volcán sigue siendo objeto y soporte de numerosas investigaciones científicas en diversos campos del conocimiento, su nombre continúa vinculado al saber.

Eustaquio Villalba Moreno
Geógrafo

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