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3 de Marzo de 1999
El artista vasco Chillida, autor del proyecto de vaciado de montaña Tindaya, ha hecho unas declaraciones a la agencia EFE en las que de nuevo pone en evidencia que se puede ser un gran artista y no por ello saber, entender y comportarse como un demócrata. Calificar de gamberros e incultos a todos los que se oponen a su proyecto es una muestra más de su egolatría y de su carencia argumentos, pero quienes no saben dirimir las cuestiones basándose en la fuerza de la razón emplean la razón de la fuerza, la descalificación de sus opositores y, como hace Chillida, el insulto como único argumento. Que sea un gran artista no significa que sus opiniones, excepto en el mundo del arte, tengan más valor que las de cualquier otro ciudadano. La oposición al destrozo de Tindaya nada tiene que ver con el arte ni con la valía de Chillida. Se debe, en primer lugar al respeto al estado de derecho: Tindaya está protegida por la ley debido a su enorme interés arqueológico, etnográfico, botánico, faunístico y geológico; en segundo lugar, porque la obra de Chillida esta siendo utilizada para encubrir una operación especulativa propiciada por políticos y empresarios que, evidentemente, no tienen el más mínimo interés en la conservación del patrimonio canario. Llamar gamberros e incultos a catedráticos y profesores de universidad, investigadores del Museo de Ciencias Naturales, colectivos ciudadanos o ecologistas por argumentar en contra del vaciado de la montaña, es recurrir a la infamia y a la ofensa; pero eso no invalida los argumentos de los defensores de la integridad de Tindaya, ni sirven para avalar sus peregrinas opiniones. Hace tiempo, aunque el señor Chillida lo ignore, que en las sociedades democráticas la ley es igual para todos y los artistas, por muy buenos que se crean, no son una excepción.. Chillida declara que desconoce porqué hay tanta oposición a su proyecto, clara muestra de que ni tan siquiera se ha molestado en leer las razones y argumentos que justifican la protección de Tindaya. Su ignorancia y su desprecio del patrimonio canario sólo es comparable a su egolatría y a su falta de respeto a las más elementales normas del comportamiento cívico. Está claro, se puede ser un gran artista y carecer de lo que distingue a los artistas que al mismo tiempo son grandes personas: el respeto a las personas y a las normas que hacen posible la convivencia democrática. |